lunes 6 de julio de 2009

El arte de hacer nada


Heme aquí, señores, sin planes.

Durante los últimos seis meses formé parte de un proyecto laboral maravilloso, desbordante, que revolucionó mi vida. Era teatro, tuve la bendición de ser el vehículo de un texto sublime, con un grupo de profesionales excelentes. Fueron 4 meses a full, de lunes a sábado currando, horario intensivo y luego seguir en casa, estudiando texto o analizando escenas. Finalmente llegó la temporada, la mini-gira, los aplausos y el placer de actuar. Pero se ha terminado… En un mundo efímero, los proyectos artísticos tienden a ser la punta de lanza del concepto de “todo pasa”.

Heme aquí, señores, y cada mañana me enfrento ante unos renglones de agenda vacíos, que reclaman acción. Piden por reuniones, ensayos, gimnasio, esgrima, cursos de escritura, de cocina, de feng shui, de lo QUE SEA. Reclaman a fuerza de una desnudez total y vergonzosa que los compromisos los vistan, da igual si con lujo o harapos, con proyectos trascendentes o misiones superfluas. Es cierto, John Lennon decía: “La vida es aquello que te pasa mientras estás haciendo planes”. Sí, John, pero los planes son el cebo, la zanahoria tras la cual correr. Voy a citar al escritor uruguayo Eduardo Galeano para responderte: “La utopía es el horizonte, nunca llegaremos, pero es adonde miramos para empezar a caminar.” (N. del R: Lo bueno de que haya grandes personalidades que han dejado para la posteridad buenas frases es que uno puede limitarse a escribir una nota solo citando… ¡Pero qué digo! Ni siquiera estoy poniendo voluntad para redactar este artículo, vaya morro…)

Por cierto, siempre que escribo esta columna, lo hago sobre el documento de Word de la anterior así voy midiendo la extensión. Con sorpresa, descubro que el título de aquella había sido “Tenemos que hacer algo”. Y esta se llama “El arte de hacer nada”. Vaya neurosis, companys! A Buda le preguntaron: “¿Cuál es el secreto de la felicidad?” Y dijo: “Cuando tengo hambre, como. Cuando tengo sueño, duermo”. Vale, pero que difícil encajarlo en la Barcelona de hoy día. Es una gimnasia para la que hay que entrenar duro. Nuestro cerebro, bien programado para servir, arma, construye, digita, busca. Se vuelve una máquina insaciable, reclama planes. Los planes, los proyectos, nos indican la acción. ¿Pero qué pasa cuando no hay nada? Además, no sé cuanto pagaba Buda de alquiler, pero aquí la cosa no está fácil… (Por cierto, acabo de darme cuenta que en este párrafo he vuelto a recurrir a las citas, vaya morrazo…)

Heme aquí, en calidad de “parado sin paro” (una muy mala fórmula).

Las vueltas de la vida me traen a la mano un libro: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. Es la historia de… un parado! Un relato apasionante que transcurre en el Japón de hoy en día. El protagonista, de un día para el otro, se hace consciente de que trabajar en un bufete de abogados es estar muerto en vida y renuncia tras 10 años de relación. Y entonces, cada día es una mezcla de tareas domésticas y absoluto vacío. Hacer compras, preparar la cena para su mujer que llega del trabajo, planchar, etc. No he terminado de leerlo, pero lo que le va pasando al personaje con el correr de los días, de esos días, en principio, vacíos, improductivos, nulos, tiene que ver con los grandes asuntos de su vida. Con encontrarse con su propia esencia. Sus dilemas, su oscuridad, su luz, su capacidad de fluir.

Heme aquí, señores, y varias veces me hallo caminando sin donde ir. Que diferente era caminar cuando iba a algún sitio. Caminar era un pasaje, un puente en la realidad. Era sólo pura transición. Tal vez un día pisaba un “regalo” de perro, o me encontraba a un viejo amigo, o se largaba a llover de manera sorpresiva, y entonces la sensación de transición se rompía, se transformaba en momento vivido. Si no, era simplemente ir navegando en pensamientos proyectivos respecto a lo que me esperaba en el tiempo inmediato, sin percibir lo que pasaba a mi alrededor. Ahora, camino, y el camino es el fin en sí mismo. Entonces, cualquier calle es posible. Y me detengo en una esquina de la que salen 4 posibles opciones de continuidad (contando la de volver a atrás, aunque es la que menos escojo). Y pueden pasar 10 minutos, y estoy ahí parado, sin saber que calle coger porque en realidad no voy a ningún sitio. La gente pasa a mí alrededor. Observo a los guiris, a los locales estresados discutiendo con su móvil. Lo más divertido es cuando tienen este nuevo sistema de auriculares y micro que te permiten hablar sin sostener el aparato en tu oreja. Y entonces los ves, discutiendo con la nada, agitando las manos, mientras caminan sin mirar a ningún lado… Creo que nunca me compraré ese aparatito…

Heme aquí, amics… y lo reconozco: no es la primera vez que paso por algo así. En mi profesión, de hecho, es algo habitual. Pasas del todo a la nada sin escalas. La nada a veces asusta porque suena a antesala a la locura. Como esos personajes de Paul Auster que sufren algún cambio drástico en su vida, y entran en bucles de reflexión extraños que con el correr de los días los lleva a empezar a dormir en la calle o a encerrarse varios días en un piso, rodeados de libros, en el océano tormentoso del dilema existencial. Y entonces, mientras voy braceando en esas aguas, me asalta una idea. La idea de una revolución. Jugando en el tiempo, con aquella incumplida promesa del ex-presidente Carlos Menem de la “revolución productiva” me atrevo a proponer a mis compañeros y compañeras parados la “revolución improductiva”. Ya llevamos casi 100 años produciendo a diestra y siniestra sin parar… ¡Basta, compañeros! Uníos al club de los improductivos, de los que sólo se levantan por la mañana para vivir, esa cosa extraña que ocurre mientras planeamos cosas. Acabemos con el concepto “El tiempo es dinero” y asumamos el que propone el calendario maya: “El tiempo es arte”. Visca el fer-res! Visca la revolución improductiva!

Ah… Y, por favor, no me votéis… No vaya a ser que tenga que ponerme manos a la obra…

miércoles 13 de mayo de 2009

Tenemos que hacer algo

Es domingo, llueve una vez más en Barcelona, y copa de vino en mano me sumerjo en un viaje reflexivo. Es que ayer conversé largo con mi primo de Madrid, recién llegado de Buenos Aires, y durante la charla en la que primero confesó su reconciliación con la Argentina y su intención de comenzar el retorno, debatimos sobre los pros y los contras de nuestra inquietante identidad.
La distancia es un regalo. El hecho de llevar años fuera nos brinda un cierto poder de análisis, simplemente porque no podemos evitar comparar y es cuando nos hacemos conscientes de defectos que antes nos parecían virtudes y viceversa; cada vez que volvemos alucinamos con el exagerado apasionamiento que nos rige (como ejemplo reciente, observemos el casi grado de santidad que adquirió Raul Alfonsín tras su muerte); redescubrimos los contrastes extremos y entendemos claramente que un país no puede avanzar si 10 tiran comida por la ventana mientras 200 se mueren de hambre.
“El sálvese quien pueda persiste, sí”, confiesa mi primo.
Es complejo entender por qué está tan afianzado como filosofía general… Y entonces me imagino a esos millones de emigrantes, de toda Europa, dolidos por dejar su lugar y sus seres queridos, después de años de indignidad, llegando a esa tierra virgen, con todo por hacer, aunque plenos de añoranzas y promesas de regreso. Trato de entender que esos seres, desde una inconsciencia desesperada, cada día se enfrentaban a una lucha de supervivencia donde todo valía para el objetivo: “Aquí y ahora, cuanto más pueda y cómo sea. No sé cuánto estaré en este sitio, siempre sueño con volver a casa, así que hay que embolsar, juntar y alguna vez volver.” Me imagino que este pensamiento, multiplicado y difundido entre esos millones de recién llegados, comenzó a establecer un sistema de estafas, traiciones múltiples, paranoias varias, vendettas y violencia, en el marco de un poder central que sólo se sirvió del vale todo para incrementar sus beneficios. Es decir, son pocos los poderosos de la Argentina que durante estos jóvenes 200 años alguna vez plantearon la viabilidad del país con valores sólidos y con un pacto de convivencia que medianamente rija las circunstancias (por cierto, Alfonsín ha sido de los últimos que al menos hablaba del tema ¿lo ha hecho alguno de los que lo sucedieron?)
Pero bueno, lo positivo de ser un país joven, con identidad adolescente, es la fuerza, el entusiasmo. Mi primo me cuenta: “todo con el que te cruzas te dice ‘che, tenemos que hacer algo’.” Admite que en un mes, habló aproximadamente de 40 proyectos posibles. Muchos descabellados, algunos definitivamente imposibles, otros no tanto, pero todos dicen “Tenemos que hacer algo”. Y eso es una inyección de vida que media Europa envidiaría. Probablemente en lo que aún tenemos mucho que aprender es en el QUÉ y el CÓMO hacemos los “algos”.

martes 24 de marzo de 2009

Una flor en el apocalipsis

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Somos porque estamos. Y donde estamos nos marca, o nos esculpe, o nos pule. Huimos del pasado para encontrar el futuro. En el medio de la vorágine, el presente nos tironea de las mangas y nos pide atención: un beso, una palmada, un chocolate. Y de pronto, el pasado vuelve a increpar.

Los grandes títulos hablan de apocalipsis. La presión aumenta día a día. Las grandes crisis siempre prometieron cambios. Y siempre cumplieron… Si se quiere ser constructivo, digamos que son brutales ataques de conciencia. Tal vez en algo nos estábamos equivocando. Ahora bien… ¿Qué haremos ahora con este presente herido?

En estos momentos, cuenta la leyenda humana, aflora lo mejor y lo peor de nuestra raza. Alrededor todos hablan de lo mismo: “no me pagan”, “voy al paro”, “me bajaron el sueldo”, “me voy”, “me vuelvo”, “quiero vender todo, pero nadie quiere comprarlo”, “Barcelona está loca”, “a España se le acabo el veranito”.

Mientras tanto, empieza la primavera real y la energía se agita. ¿Hacia dónde saldrá disparada? ¿O inspirada? Me lo digo cada mañana: tengo el timón, tengo el poder, y tengo la libertad. La contratapa de La Vanguardia me hace un regalo. La historia de un chico de Esparraguera, Albert Casals, 18 años, en silla de ruedas desde casi siempre y para siempre. Se dedica a viajar, a recorrer el mundo, sin dinero. Sólo unas cartas, con las que hace juegos. Llega a donde sea, se planta en una plaza y regala alegría con sus manos lúdicas. Y los días le abren los brazos. Dice: “El mundo es sencillo”

Con una hipoteca, hijos, responsabilidades, moving laboral, etc… en esta España sin ideas, ni aliento, aburguesada y mal acostumbrada al despilfarro, la frase del viajero crónico suena a provocación. Pero a los 18 años, don Albert sabe bien de qué habla. Porque lo practica. Vive cada día como si fuera el último. Trabaja sin nómina. Regala alegría. Nada le falta. La fuente divina le proporciona lo que necesita. Cada día.

Hace unos años, cuando la ansiedad me tomaba a niveles patológicos, Antonio, mi terapeuta me dijo: “De ahora en más, vivirás como si estuvieras de de viaje. Todo el día de vacaciones. Ve a las calles, redescúbrelas, olvida el tiempo, ve fluyendo con el día. Olvida el ‘tengo que’. Respira.” En casos de emergencia, rompo el vidrio y vuelvo a esas palabras. Y me digo: “La vida es un viaje. Una larga vacación. Y quiero vivir como cuando estoy de viaje: Liviano, Atento, Entregado”.

Invoco la fe. Aún apuesto por estas tierras que dan a luz a tipos como Albert. Me guiaré por el perfume de esa flor que asoma en el apocalipsis.

domingo 22 de febrero de 2009

Todo está iluminado

Vi la película titulada igual que este artículo hace un par de años… Disfruté tanto con las imágenes, la historia, la aventura nacida de la idea mística de encontrar raíces… Incluso podría admitir que sentí algo de envidia por el personaje excelentemente interpretado por Elijah Wood. En la peli dirigida por Liev Schreiber, el ex-Frodo marcha a la Europa del este buscando a una misteriosa mujer que aparece en una vieja foto junto a su abuelo. A partir de eso, mil y un aventuras, desfiles de personajes únicos y la extraña fascinación emocionalmente detectivesca que genera ir descubriendo de dónde venimos.
Pues la vida tiene estas vueltas…Sé muy consciente de lo que deseas porque probablemente ocurra, y generalmente cuando menos lo esperas…

El mes pasado, mi padre cruzó el océano para visitarme, para ser espectador de mi vida barcelonesa, pero también para que nos adentremos juntos en un viaje al sur de Portugal, con el fin de visitar el pueblo de donde un día decidió marchar su abuelo. El pueblo de Estoi, que hoy acusa 3.500 habitantes, y que pertenece al Consejo de Faro, capital de la provincia de Algarve. Por las dudas, trajo un par de datos como el nombre de los padres de su abuelo y la fecha de nacimiento. Teníamos solo 48 horas para lograr algo, que ni siquiera sabíamos bien qué era. Con los datos fuimos al Archivo general de Faro. Allí encontramos la partida de bautismo de mi bisabuelo, con los datos de padres, padrinos, y la localización exacta…un sitio llamado Alcaria Cova, a 4 kilómetros de Estoi. Entre taxis y auto stop logramos llegar al sitio…

Jorge camina las calles de Estoi cuando aún todo era incertidumbre...

La verdad es que para contar la historia completa, debería pedirle al querido Marcelo Espiñeira, director de esta publicación, unas 10 páginas para poder plasmar la cadena de hechos y, sobre todo, de MILAGROS, que nos llevo a estar un día después, por la tarde, mientras caía el sol, degustando un delicioso licor junto a una prima de mi abuelo que lleva muy enteramente sus 87 años, su hijo (primo de mi padre) sus nietos y hasta un bisnieto, en un clima familiarmente inédito que ni ellos ni nosotros hubiéramos soñado… unas cuantas horas antes…

La familia reencontrada: Reinaldo, Jorge, Amorinda, Ludovina, el niño Rafael y quien suscribe.

Para terminar, señores, y mientras saboreo unas tímidas lágrimas, decirles que Alcaria Cova es un sitio maravilloso, un monte desde que ves océano Atlántico allí donde mires. Un lugar paradisíaco desde el cual hace 100 años un hombre se asomó a ese océano y se preguntó qué vida habría del otro lado. Y encontró respuesta en la aventura de cruzarlo. Hecho gracias al cual, hoy escribo estas palabras, fiel reflejo de un momento luminoso.

La vista desde Alcaria Cova... Todo el horizonte es Atlántico

jueves 29 de enero de 2009

Jo ravalejo!


Caminar por el Raval es una experiencia única. A veces debo reconocer que mi corazón se debate entre el amor y el odio a esta parte barcelonesa que por ahora no cotiza para salir en ninguna postal…La imagen menos for export de la condal, las calles que avergüenzan a los predicadores de la Barcelona moderna, fashion y erasmústica: multi-etnia, basura, mal olor, marginalidad, la hegemonía árabe, el desmadre latino, las ratas… Pues aquí vivo. Contra mi voluntad varios días, por el bombardeo guiri; mal que me pese muchas noches, por los ruidosos ajustes de cuenta de gangters de medio pelo. Es mi “barrio”. Y de dónde venimos, sabemos que el concepto “barrio” cuenta. Da identidad, bandera, idiosincrasia.

El Raval, queridos señores, es el único distrito de Barcelona que cuenta con la virtud de ser más que un barrio. El Raval es verbo: ravalejar. ¿Qué vol dir aixo?... Farem un assaitg al respecte… “Jo, Joaquim… Jo ravalejo”, o sigui: reivindico que sea la gran sartén donde se cuece el mestizaje. Jamás olvidaré la escena, en un bar cualquiera, 4 amigos, un italiano, una japonesa, un gabach… perdón, un francés y una inglesa, hablando de la vida y de dilemas existenciales en un castellano construido a retazos mientras rechazan las rosas a 2 euros.

El Raval vive por sus viejos colmados recuperados como bodegas de arte…Transpira desde un local cerrado, en cuyo interior una banda de músicos mezcla reggae con hip hop y rai sin prejuicios… El Raval no se aburre, vibra. Tiene para elegir dónde cortarse el pelo (sólo en mi calle hay… ¡CUATRO peluquerías!). Respira confusión y la devuelve hecha canción, o teatro under, o muestra de arte-multimedia con olor a aerosol y al ritmo de las ruedas de los skates. El Raval se alimenta bien, señores… Mejor que nadie… Exhibe orgulloso ese monasterio del comer que es la “Boquería”. Y además, por si el estómago ladra en la madrugada, te salva un shauarma (por cierto… ¿alguien sabe con qué sustancia podemos reemplazar a la paratropina?)

En el Raval, mi barrio señores, conviven los bares de la vieja inmigración andaluza, habitados por su fauna de cigarro y carajillo con los más nuevos, los que llenan los jóvenes sedientos de aventuras aún aferradas a la bohemia. En sus calles, las chicas de la Europa mirada de reojo se ofrecen al mejor postor y esquivan los piropos del gitano que jamás va a pagarle.

El Raval vive y resiste, agonizando, ante el embate de la legión fashion del progreso, la estética, el orden y la higiene.

Estamos en medio de la pulseada. Los días están contados…

Aprofitem i ravalejem!

El péndulo humano


“Navidad, navidad, dulce navidad”, canto en mi mente mientras camino por el centro barcelonés o, mejor dicho, lo intento, ya que las hordas de peña voraz en pos de regalos y alimentos para las fiestas son un escollo no fácil de franquear (si hay crisis, que no se note… me alegra que el miedo se disipe aunque sea por unos días…)

Las fiestas tienen también ese aspecto extra para todo ser que se encuentra lejos de los suyos… La emoción inicia su lento plan de sabotaje a la razón: “¿Qué es lo que realmente cuenta? ¿La sensación apacible con tufillo a ostracismo de Cataluña o la locura argenta aunque junto a los seres queridos?”… To be here or not to be here, that’s the question.

Y entonces lo veo. Un cartel compinche inquiriendo directamente al transeúnte foráneo: ¿Estás pensando en volver? La pregunta impresa sobre la foto en primerísimo plano de una persona con rasgos latinos y mirada triste va directo sin escalas al profundo punto existencialista. “Pues… qué quiere que le diga, señor cartel… Una vez por mes lo pienso, y en épocas de fiestas levanta la frecuencia… ¿Por?” Plan de retorno voluntario, dice, y da un número de teléfono para que uno pueda enterarse ahí mismo de que va la cosa.

No se puede negar cierta gentileza en la propuesta ideada por Don Corbacho –ministro de Trabajo e Inmigración- y firmada por el Gobierno español. ¿Para qué pulular lejos de casa, percibiendo un modesto paro que tarde o temprano se acabará? (no así el parón general que parece castigará a Europa durante un tiempo). Podrían no esmerarse en disfrazar la patada de favor y chutar directamente con botines y sin anestesia.

El sistema se ve obligado a ser “práctico” todo el tiempo. Y las personas, pequeñas piezas del gran engranaje, debemos hacerlo en una cotidiana, constante y a veces ardua tarea de adaptación, mutación y desmitificación de creencias. Pero claro… Los sistemas pocas veces comparten filosofía con aquellos aspectos humanos que dan sentido a nuestra existencia. Hete aquí que parece que muchos de los que por aquí estamos y permanecemos, ya tenemos el cor dividido. Llegamos al punto donde aquí o allá habrá añoranza. Y la gentil invitación a retirarnos a casa, “que es tarde y aquí mañana tenemos cosas que hacer” igual nos sabe a poco. “Mire, don cartel, muchas gracias, pero aún me quedan por bailar un par de piezas más con doña España… Aún tengo fe de arrancarle un beso antes del alba”.

Y entonces…. seguí caminando. Sonriente.

Y las luces sobre el Paseo del Angel me resultaron más bonitas que nunca.