Heme aquí, señores, sin planes.
Durante los últimos seis meses formé parte de un proyecto laboral maravilloso, desbordante, que revolucionó mi vida. Era teatro, tuve la bendición de ser el vehículo de un texto sublime, con un grupo de profesionales excelentes. Fueron 4 meses a full, de lunes a sábado currando, horario intensivo y luego seguir en casa, estudiando texto o analizando escenas. Finalmente llegó la temporada, la mini-gira, los aplausos y el placer de actuar. Pero se ha terminado… En un mundo efímero, los proyectos artísticos tienden a ser la punta de lanza del concepto de “todo pasa”.
Heme aquí, señores, y cada mañana me enfrento ante unos renglones de agenda vacíos, que reclaman acción. Piden por reuniones, ensayos, gimnasio, esgrima, cursos de escritura, de cocina, de feng shui, de lo QUE SEA. Reclaman a fuerza de una desnudez total y vergonzosa que los compromisos los vistan, da igual si con lujo o harapos, con proyectos trascendentes o misiones superfluas. Es cierto, John Lennon decía: “La vida es aquello que te pasa mientras estás haciendo planes”. Sí, John, pero los planes son el cebo, la zanahoria tras la cual correr. Voy a citar al escritor uruguayo Eduardo Galeano para responderte: “La utopía es el horizonte, nunca llegaremos, pero es adonde miramos para empezar a caminar.” (N. del R: Lo bueno de que haya grandes personalidades que han dejado para la posteridad buenas frases es que uno puede limitarse a escribir una nota solo citando… ¡Pero qué digo! Ni siquiera estoy poniendo voluntad para redactar este artículo, vaya morro…)
Por cierto, siempre que escribo esta columna, lo hago sobre el documento de Word de la anterior así voy midiendo la extensión. Con sorpresa, descubro que el título de aquella había sido “Tenemos que hacer algo”. Y esta se llama “El arte de hacer nada”. Vaya neurosis, companys! A Buda le preguntaron: “¿Cuál es el secreto de la felicidad?” Y dijo: “Cuando tengo hambre, como. Cuando tengo sueño, duermo”. Vale, pero que difícil encajarlo en la Barcelona de hoy día. Es una gimnasia para la que hay que entrenar duro. Nuestro cerebro, bien programado para servir, arma, construye, digita, busca. Se vuelve una máquina insaciable, reclama planes. Los planes, los proyectos, nos indican la acción. ¿Pero qué pasa cuando no hay nada? Además, no sé cuanto pagaba Buda de alquiler, pero aquí la cosa no está fácil… (Por cierto, acabo de darme cuenta que en este párrafo he vuelto a recurrir a las citas, vaya morrazo…)
Heme aquí, en calidad de “parado sin paro” (una muy mala fórmula).
Las vueltas de la vida me traen a la mano un libro: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami. Es la historia de… un parado! Un relato apasionante que transcurre en el Japón de hoy en día. El protagonista, de un día para el otro, se hace consciente de que trabajar en un bufete de abogados es estar muerto en vida y renuncia tras 10 años de relación. Y entonces, cada día es una mezcla de tareas domésticas y absoluto vacío. Hacer compras, preparar la cena para su mujer que llega del trabajo, planchar, etc. No he terminado de leerlo, pero lo que le va pasando al personaje con el correr de los días, de esos días, en principio, vacíos, improductivos, nulos, tiene que ver con los grandes asuntos de su vida. Con encontrarse con su propia esencia. Sus dilemas, su oscuridad, su luz, su capacidad de fluir.
Heme aquí, señores, y varias veces me hallo caminando sin donde ir. Que diferente era caminar cuando iba a algún sitio. Caminar era un pasaje, un puente en la realidad. Era sólo pura transición. Tal vez un día pisaba un “regalo” de perro, o me encontraba a un viejo amigo, o se largaba a llover de manera sorpresiva, y entonces la sensación de transición se rompía, se transformaba en momento vivido. Si no, era simplemente ir navegando en pensamientos proyectivos respecto a lo que me esperaba en el tiempo inmediato, sin percibir lo que pasaba a mi alrededor. Ahora, camino, y el camino es el fin en sí mismo. Entonces, cualquier calle es posible. Y me detengo en una esquina de la que salen 4 posibles opciones de continuidad (contando la de volver a atrás, aunque es la que menos escojo). Y pueden pasar 10 minutos, y estoy ahí parado, sin saber que calle coger porque en realidad no voy a ningún sitio. La gente pasa a mí alrededor. Observo a los guiris, a los locales estresados discutiendo con su móvil. Lo más divertido es cuando tienen este nuevo sistema de auriculares y micro que te permiten hablar sin sostener el aparato en tu oreja. Y entonces los ves, discutiendo con la nada, agitando las manos, mientras caminan sin mirar a ningún lado… Creo que nunca me compraré ese aparatito…
Heme aquí, amics… y lo reconozco: no es la primera vez que paso por algo así. En mi profesión, de hecho, es algo habitual. Pasas del todo a la nada sin escalas. La nada a veces asusta porque suena a antesala a la locura. Como esos personajes de Paul Auster que sufren algún cambio drástico en su vida, y entran en bucles de reflexión extraños que con el correr de los días los lleva a empezar a dormir en la calle o a encerrarse varios días en un piso, rodeados de libros, en el océano tormentoso del dilema existencial. Y entonces, mientras voy braceando en esas aguas, me asalta una idea. La idea de una revolución. Jugando en el tiempo, con aquella incumplida promesa del ex-presidente Carlos Menem de la “revolución productiva” me atrevo a proponer a mis compañeros y compañeras parados la “revolución improductiva”. Ya llevamos casi 100 años produciendo a diestra y siniestra sin parar… ¡Basta, compañeros! Uníos al club de los improductivos, de los que sólo se levantan por la mañana para vivir, esa cosa extraña que ocurre mientras planeamos cosas. Acabemos con el concepto “El tiempo es dinero” y asumamos el que propone el calendario maya: “El tiempo es arte”. Visca el fer-res! Visca la revolución improductiva!
Ah… Y, por favor, no me votéis… No vaya a ser que tenga que ponerme manos a la obra…


